Diseñamos una marca que convierte el desorden en deseo.

Desde la identidad visual hasta el packaging y el espacio físico, cada punto de contacto fue pensado para amplificar una misma sensación: la satisfacción de abandonarse por completo al placer de comer.

El placer deja pruebas.
La campaña empieza con una declaración de principios. En una sucesión de carteles, el primer mensaje plantea el conflicto entre la culpa y el placer.

Aquí nadie sale limpio.
La gráfica continua con una serie de imágenes bastante sucias.
La marca abraza el caos, las manchas y el disfrute sin complejos.

La mancha como identidad.
Fase 3 · Escalada narrativa
Los carteles son cada vez más irreverentes y menos elegantes.
El producto deja de ser un simple alimento para convertirse en una obsesión.

Una experiencia imposible de comer con dignidad.

La experiencia de marca se construye a partir de pequeñas imperfecciones. La puccia llega envuelta en papel manchado, aparece en cajas salpicadas de salsa y convive con mensajes que celebran el caos. El packaging no intenta ocultar el desorden inherente al producto; lo convierte en parte de su personalidad. Comer una Puccia es aceptar que algunas de las mejores cosas de la vida no vienen perfectamente empaquetadas.

Todo el local es en si la experiencia del disfrute sin pedir permiso. Al comensal se le facilita un babero, que es también el isotipo de la marca. El babero va viene premanchado.

